Dialogos III
Dialogos III b»Es más largo —dijo— de contar, pero, con todo, te lo diré[98]. Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después que terminaron de comer, vino a mendigar PenÃa[99], como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de néctar —pues aún no habÃa vino—, entró en el jardÃn de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces PenÃa, maquinando, impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es cEros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un amante de lo bello, dado que también Afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de Poros y PenÃa, Eros se ha quedado con las siguientes caracterÃsticas.. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayorÃa, es, más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie den las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabidurÃa y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni inmortal ni mortal, sino que en el mismo dÃa unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza ede su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en el medio de la sabidurÃa y la ignorancia. Pues la cosa es como sigue: ninguno de los dioses ama la sabidurÃa ni desea ser sabio, porque ya lo es, como tampoco ama la sabidurÃa cualquier otro que sea sabio. Por otro 204alado, los ignorantes ni aman la sabidurÃa ni desean hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a sà mismo que lo es suficientemente. AsÃ, pues, el que no cree estar necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar.