Dialogos III
Dialogos III FED. —Pues bien, yo tuve una asombrosa experiencia al encontrarme eallÃ. Pues no me inundaba un sentimiento de compasión como a quien asiste a la muerte de un amigo Ãntimo, ya que se le veÃa un hombre feliz, Equécrates, tanto por su comportamiento como por sus palabras, con tanta serenidad y tanta nobleza murió. De manera que me pareció que, al marchar al Hades, no se iba sin un destino divino[4], y que, además, al llegar allÃ, gozarÃa de dicha como nunca ningún otro. 59aPor eso, pues, no me entraba, en absoluto, compasión, como parecerÃa ser natural en quien asiste a un acontecimiento fúnebre; pero tampoco placer, como cuando nosotros hablábamos de filosofÃa como tenÃamos por costumbre —porque, en efecto, los coloquios eran de ese género—, sino que simplemente tenÃa en mà un sentimiento extraño, como una cierta mezcla en la que hubiera una combinación de placer y, a la vez, de pesar[5], al reflexionar en que él estaba a punto de morir. Y todos los presentes nos encontrábamos en una disposición parecida, a ratos riendo, ba veces llorando, y de manera destacada uno de nosotros, Apolodoro, que ya conoces, sin duda, al hombre y su carácter.
EQU. —¿Pues cómo no?
FED. —Él, desde luego, estaba por completo en tal estado de ánimo, y yo mismo estaba perturbado como los demás.