Dialogos III
Dialogos III —Yo te lo diré —contestó—. Conocen, pues, los amantes del saber e—dijo— que cuando la filosofÃa se hace cargo de su alma, está sencillamente encadenada y apresada dentro del cuerpo, y obligada a examinar la realidad a través de éste como a través de una prisión, y no ella por sà misma, sino dando vueltas en una total ignorancia, y advirtiendo que lo terrible del aprisionamiento es a causa del deseo, de tal manera 83aque el propio encadenado puede ser colaborador de su estar aprisionado. Lo que digo es que entonces reconocen los amantes del saber que, al hacerse cargo la filosofÃa de su alma, que está en esa condición, la exhorta suavemente e intenta liberarla[54], mostrándole que el examen a través de los ojos está lleno de engaño, y de engaño también el de los oÃdos y el de todos los sentidos, persuadiéndola a prescindir de ellos en cuanto no le sean de uso forzoso, aconsejándole que se concentre consigo misma y se recoja, y que no confÃe en ninguna otra cosa, sino tan bsólo en sà misma, en lo que ella por sà misma capte de lo real como algo que es en sÃ. Y que lo que observe a través de otras cosas que es distinto en seres distintos, nada juzgue como verdadero. Que lo de tal clase es sensible y visible, y lo que ella sola contempla inteligible e invisible. Asà que, como no piensa que deba oponerse a tal liberación, el alma muy en verdad propia de un filósofo se aparta, asÃ, de los placeres y pasiones y pesares <y terrores> en todo lo que es capaz, reflexionando que, siempre que se regocija o se atemoriza <o se apena> o se apasiona a fondo, no cha sufrido ningún daño tan grande de las cosas que uno puede creer, como si sufriera una enfermedad o hiciera un gasto mediante sus apetencias, sino que sufre eso que es el más grande y el extremo de los males, y no lo toma en cuenta.