Dialogos VII

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ALCIBÃADES II

SÓCRATES, ALCIBÃADES

SÓCRATES. — ¡Hola, Alcibíades!, ¿te diriges a rezarle [138] al dios?

ALCIBÃADES. — Así es, Sócrates.

SÓC. — Pues tienes un aspecto muy serio y abatido, como si tuvieras alguna preocupación.

ALC. — ¿Y de qué podría estar preocupado, Sócrates?

SÓC. — De lo más importante de todo, Alcibíades, al menos en mi opinión. Porque, díme, ¡por Zeus!, ¿no crees [b] que los dioses nos conceden unas veces lo que se nos ocurre pedirles, ya sea en privado o en público, mientras que otras veces nos lo niegan, y que atienden a unos y no a otros?

ALC. — Desde luego.

SÓC. — ¿Y no crees que se necesita mucha prudencia para evitar pedir sin darnos cuenta grandes males creyendo que son bienes, y que por su parte los dioses estén casualmente dispuestos a dar lo que se les pida? Por ejemplo, cuentan que Edipo pidió a los dioses que sus hijos dirimieran la herencia con la espada[1], y así, pudiendo pedir [c] con sus plegarias un alejamiento de los males presentes, consiguió con sus imprecaciones males añadidos. Y, en efecto, se cumplieron, y vinieron tras ellos otros males terribles que… ¿para qué los vamos a enumerar?


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