Fedón

Fedón

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En este punto cesa la discusión, y comienza el mito. No vamos a someter a un riguroso análisis esta pintura poética, y al mismo tiempo profundamente moral, de las estancias diferentes de los malos y de los justos; de las pruebas impuestas a los unos, y de la felicidad concedida a los otros. Pero importa observar, de una vez para siempre, el sentido filosófico de estas explicaciones tomadas de la mitología, que se encuentran en la mayor parte de los diálogos importantes de Platón. ¿A qué venía recurrir a las creencias religiosas y a las tradiciones populares? ¿Es una concesión prudente al politeísmo, para el que los adelantos de la filosofía corrían el riesgo de hacerse sospechosos, como lo prueban el proceso y la condenación de Sócrates? No es irracional pensarlo así. Pero parece explicación más digna la de que Platón, en interés mismo del progreso de las creencias morales, a cuya propagación consagró tantos esfuerzos, no despreciaba nada de cuanto pudiese contribuir a grabarlos más pronto en el espíritu de sus contemporáneos. ¿Qué cosa más conforme al objeto que se proponía, que establecer el acuerdo de los dogmas religiosos con las conclusiones de la filosofía sobre las cuestiones fundamentales de la moral? ¿Qué cosa mas hábil que presentar las tradiciones populares como una imagen y una profecía de las doctrinas nuevas? Pero es preciso tener en cuenta la exactitud y superioridad de miras con que procura tomar de estos mitos primitivos sólo aquello que puede engrandecer el espíritu, hiriendo la imaginación. Todos los pormenores de estas pinturas contribuyen a este fin. Y con el mismo propósito nos presenta a Sócrates, cumpliendo rigurosamente todos los actos que la religión imponía como homenaje debido a la omnipotencia de la Divinidad: la libación y la oración a los dioses antes de beber la cicuta, y el sacrificio de un gallo a Esculapio.


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