Gorgias
Gorgias SÓCRATES. —Escucha, pues; voy a tomar nuestra disputa desde el principio. ¿Lo agradable y lo bueno son una misma cosa? No, según hemos convenido Calicles y yo. ¿Debe hacerse lo agradable en vista de lo bueno, o lo bueno en vista de lo agradable? Es preciso hacer lo agradable en vista de lo bueno. ¿No es lo agradable lo que causa en nosotros un sentimiento de placer en el acto mismo en que gozamos; y lo bueno, lo que nos hace buenos mediante su presencia? Sin duda. Ahora bien, nosotros somos buenos y como nosotros todas las demás cosas que son buenas, a causa de la presencia de alguna virtud. Esto me parece incontestable, Calicles. Pero la virtud de cualquier cosa, sea mueble, cuerpo, alma, animal, no se encuentra en ella asà a la aventura de una manera perfecta; ella debe su origen al arreglo, a la colocación, al arte que conviene a cada una de estas cosas. ¿Es esto cierto? Yo digo que sÃ. La virtud de cada cosa está por consiguiente arreglada y colocada con orden. Yo convendrÃa en ello. Asà es que un cierto orden propio de cada cosa es lo que la hace buena, cuando se encuentra en ella. Ésta es mi opinión. Por consiguiente, el alma en que se encuentra el orden que la conviene, es mejor que aquella en que no hay ningún orden. Necesariamente. Pero el alma en la que reina el orden está arreglada. ¿Cómo no lo ha de estar? El alma está arreglada, está dotada de templanza. Es absolutamente necesario. Luego el alma dotada de templanza es buena. Yo no podrÃa oponerme a esto, mi querido Calicles. Mira si tienes tú algo que oponer; dÃmelo.