La República
La República —¿No nos ha parecido, TrasÃmaco —dije yo—, que el injusto quiere tener ventaja sobre su semejante y sobre su desemejante? ¿No era eso lo que decÃas?
—Lo he dicho —reconoció.
—¿Y que el justo no quiere tener ventaja sobre su semejante, y sà sólo sobre su desemejante?
—SÃ.
—Se parecen, pues, el justo al hombre sabio y bueno —dije—, y el injusto al que es malo e ignorante.
—Puede suceder.
—Pero hemos convenido en que ambos son como aquellos a quienes se parecen.
—SÃ, hemos convenido en eso.
—Luego es evidente que el justo es bueno y sabio, y el injusto ignorante y malo.
XXII. TrasÃmaco convino en todo esto, aunque no con tanta facilidad como yo lo refiero, pues le arranqué estas confesiones con un trabajo infinito. Sudaba en grande, con tanto más motivo cuanto que era verano, y entonces vi que por primera vez TrasÃmaco se ruborizaba. Pero cuando estuvimos de acuerdo en que la justicia es virtud y sabidurÃa, y la injusticia vicio e ignorancia, le dije:
—Demos este punto por decidido. Pero además hemos dicho que la injusticia es fuerte; ¿te acuerdas, TrasÃmaco?