La República
La República —Luego, si queremos tener bastantes pastos y tierra de labor, nos será preciso robarla a nuestros vecinos; y nuestros vecinos harán otro tanto respecto a nosotros, si traspasando los lÃmites de lo necesario, se entregan también al deseo insaciable de tener.
—No puede suceder otra cosa, Sócrates —dijo.
—Como consecuencia de esto, ¿haremos la guerra, Glaucón? Porque, ¿qué otro partido puede tomarse?
—El que tú dices —respondio.
—No hablemos aún —prosegu× de los bienes y de los males que la guerra lleva consigo. Digamos solamente que hemos descubierto su origen en aquello que, cuando se produce, origina los mayores males para los Estados y para los particulares.
—Exactamente.
—Ahora es preciso, querido amigo, dar cabida en nuestro Estado a un numeroso ejército, que pueda ir al encuentro del enemigo y defender el Estado y todo lo que posee, de las invasiones del mismo.
—¡Pues qué! —arguyó él—, ¿no podrán los ciudadanos mismos atacar y defenderse?
—No —repliqué—, si el principio en que hemos convenido, cuando formamos el plan de un Estado, es verdadero. Convinimos, si te acuerdas, en que era imposible que un mismo hombre tuviese muchos oficios a la vez.
—Tienes razón —dijo.