La República
La República —Es preciso que se abstengan de hacer cosas semejantes —dijo.
—Pero ¿quizá los dioses —dije yo—, no pudiendo mudar de figura, pueden por lo menos influir sobre nuestros sentidos, y hacernos creer en estos cambios por medio de prestigios y encantamientos?
—Eso podrÃa suceder —admitió.
—¿Y acaso un dios puede querer mentir de hecho o de palabra, presentándonos un fantasma en lugar de su personalidad?
—No lo sé —contestó.
—¡Qué! ¿No sabes que la verdadera mentira —pregunté—, si puede decirse asÃ, es igualmente detestada por los hombres que por los dioses?
—¿Qué entiendes por eso? —dijo.
—Entiendo —aclaré— que nadie quiere acoger la mentira en la parte más noble de sà mismo, sobre todo con relación a las cosas de la mayor importancia; por el contrario, no hay cosa que más se tema.
—Aún no te comprendo —dijo.
—Crees que digo algo demasiado sublime —apunté—. Lo que digo es que nadie quiere ser ni haber sido engañado en su alma tocante a la naturaleza de las cosas, y que no hay nada que más temamos y más detestemos, que abrigar la ignorancia y la mentira en nosotros mismos.
—Tienes mucha razón —dijo.