La República
La República —Pues ¿qué? —prosegu×. ¿Deben imitar a los herreros o a cualquier otro obrero, a los remeros de trirremes o a los que les marcan el ritmo, en fin, a personas semejantes?
—¿Cómo han de poder hacerlo —dijo—, cuando no les es permitido ni aun prestar atención a ninguna de estas profesiones?
—Y ¿qué hay del relincho de los caballos, el mugido de los toros, el murmullo de los rÃos, del mar, del rayo y todo lo demás? ¿Les conviene imitar todo esto?
—¡Pero si se les ha vedado que sean locos y que imiten a los que lo son!
—Entonces —dije—, si comprendo bien tu pensamiento, hay un modo de hablar y de narrar de que se sirve el hombre de bien cuando tiene algo que decir; y hay otro modo muy diferente de éste, del cual se sirven los hombres cuyo natural o educación son opuestos a aquéllos.
—¿Cuáles son esos modos? —preguntó.