La República
La República —Con respecto al que tiene un carácter opuesto, en cambio —continué—, cuanto más malo sea, mayor será su tendencia a imitarlo todo; creerá que no hay nada que sea inferior a él, y asà hará estudio en imitar en público a todas las cosas que antes enumeramos: el ruido del trueno, de los vientos, del granizo, de los ejes de los carros, de las ruedas; el sonido de las trompetas, de las flautas, siringes y toda suerte de instrumentos, incluso las voces de los perros, los corderos y las aves; todo su discurso se reducirá a imitar el tono y las expresiones de otro, sin que apenas entre en él la narración simple.
—No puede ser de otra manera —convino.
—Tales son las dos clases de narración de que querÃa hablarte.
—Asà son, en efecto —dijo.
—La primera, como ves, admite pocos cambios y tan pronto como se ha encontrado la armonÃa y el ritmo que le convienen, al recitador le basta con ceñirse a la misma cadencia y armonÃa —pues son escasas las variaciones— y a un ritmo también muy uniforme.
—Asà es —dijo.
—La segunda clase, por el contrario, ¿no te parece que necesita de todas las armonÃas y de todos los ritmos para expresar bien lo que quiere decir, puesto que abraza todos los cambios imaginables?
—Es cierto también, en efecto.