La República
La República —No puede ser de otra manera —dijo.
—¿Y no será, por tanto —dije—, el más bello de los espectáculos para el que pueda contemplarlo, ver un alma y un cuerpo igualmente bellos, unidos entre sÃ, y en los que se encuentren todas las virtudes en un perfecto acuerdo?
—SÃ, ciertamente.
—Pero lo que es muy bello es también muy digno de ser amado.
—Sin duda.
—El verdadero músico, por consiguiente, no puede menos de amar a todos aquellos en quienes encuentre esta armonÃa; pero no amará a aquellos que carezcan de esa armonÃa.
—Si esta falta de acuerdo está en el alma —objetó—, convengo en ello; pero si sólo se encuentra en el cuerpo, el músico por esto no dejará de amarlo.
—Veo —repliqué— que tú has amado o que amas en este momento a alguna persona de esas condiciones, y lo comprendo; pero dime: la templanza y el placer excesivo, ¿pueden estar juntos?
—¿Cómo puede ser esto —dijo—, cuando el exceso de placer no turba menos el alma que el dolor?
—¿Se concierta, por lo menos, con la virtud en general este abuso de los placeres?
—En absoluto.