La República
La República —En efecto, serÃa ridÃculo que un guarda tuviese necesidad de ser guardado —apuntó.
—En cuanto al alimento, ¿no han de ser nuestros hombres atletas destinados al más fuerte de todos los combates?
—SÃ.
—¿Les convendrÃa el régimen de los atletas ordinarios?
—Quizá.
—Este régimen, sin embargo —objeté—, concede demasiado al sueño y hace depender la salud de los menores accidentes. ¿No ves que los atletas pasan la vida durmiendo, y que, por poco que se separen del régimen que se les prescribe, contraen peligrosas enfermedades?
—Lo tengo observado.
—Necesitamos, pues —dije—, un régimen de vida más flexible para los atletas guerreros, que deben estar, como los perros, siempre alerta, verlo todo, oÃrlo todo, mudando sin cesar en campaña el alimento y la bebida, sufrir el frÃo y el calor y, por consiguiente, tener un cuerpo a prueba de todas las fatigas.
—Pienso como tú.
—La mejor gimnasia, ¿no será, pues, hermana de esa música de que hablamos hace un momento?
—¿Cómo quieres decir?
—Entiendo una gimnasia sencilla, moderada, tal como debe ser para los guerreros.