La República
La República —¿No debemos necesariamente convenir —prosegu×en que el carácter y las costumbres de un Estado se encuentran en cada uno de los individuos que lo componen, puesto que sólo por medio de ellos han podido pasar al Estado? En efecto, serÃa ridÃculo que ese carácter ardiente e indómito atribuido a ciertas naciones, como a los tracios, a los escitas y en general a los pueblos del Norte, o ese espÃritu curioso y ávido de ciencia que con razón se puede atribuir a nuestra nación o, en fin, ese espÃritu de interés que caracteriza a los fenicios y a los egipcios tengan su origen en otra parte que en los particulares que componen cada una de estas naciones.
—Sin duda —dijo.
—Esto es muy cierto y no ofrece ninguna dificultad —añadÃ.
—No.
XII.—Lo verdaderamente difÃcil es decidir si nosotros obramos en virtud de una o de tres especies diferentes. Si es uno el elemento que en nosotros conoce, otro el que se irrita y un tercero el que se deja llevar del placer que va unido a la alimentación o a la reproducción y a los demás placeres de la misma naturaleza; o bien es el alma toda la que produce en nosotros cada uno de estos efectos cuando nos aplicamos a ello. He aquà lo que es difÃcil explicar de una manera satisfactoria.
—Convengo en ello —dijo.