La República
La República I.—Considero este tipo de Estado y de constitución, pues, y a este tipo de hombre, bueno y recto, y añado que si esta forma es buena, todas las demás son malas, tanto con relación a los Estados como con relación a los particulares. Y se las puede reducir a cuatro.
—¿Cuáles son? —preguntó Glaucón.
Iba yo a hacer la enumeración de las mismas, en el orden en que, en mi opinión, se derivan unas de otras, cuando Polemarco, que estaba sentado a cierta distancia de Adimanto, extendiendo el brazo, le tiró de la parte superior del manto e, inclinándose hacia él, le dijo al oído algunas palabras, de las cuales sólo oímos las siguientes: «¿Le dejaremos pasar adelante —dijo— o qué hacemos?».
—Nada de eso —respondio Adimanto, levantando ya la voz.
—¿Qué es eso —intervine yo— que no queréis dejar pasar adelante?
—Tú.
—¡Yo!, ¿y por qué? —pregunté.
—Nos parece —dijo Adimanto— que vas perdiendo el ánimo y que quieres robarnos una parte de esta conversación, que no es la menos interesante. Has creído quizá librarte de nosotros diciendo sencillamente que respecto a las mujeres y a los niños era evidente que todo debía ser común entre amigos.[1]
