La República
La República —Nosotros queremos que todo sea común —dijo—; sólo que en los servicios deben tomarse en cuenta la mayor debilidad de las hembras y la mayor fuerza de los machos.
—¿Se puede exigir de un animal los servicios que pueden obtenerse de otro, cuando no ha sido alimentado y enseñado de la misma manera? —pregunté yo.
—No es posible.
—Por consiguiente, si pedimos a las mujeres los mismos servicios que a los hombres, es preciso darles la misma educación.
—SÃ.
—¿No hemos educado a los hombres en el ejercicio de la música y la gimnasia?
—SÃ.
—Será preciso, por lo tanto, hacer que las mujeres se consagren al estudio de estas dos artes, formarlas para la guerra, y tratarlas en todo como a los hombres.
—Es un resultado de lo que dijiste —aseguró.
—Pero si se pusiera en práctica, parecerÃa quizá una cosa ridÃcula, porque es opuesta a la costumbre —dije.
—Muy ridÃcula, ciertamente —admitió.