La República
La República —Encuentro que, con sólo cambiar un punto —prosegu×, ya puedo demostrar que los Estados mudarÃan completamente de aspecto. Es cierto que este punto ni es de poca importancia, ni se presta fácilmente al cambio, aunque sà es posible.
—¿Qué punto es ése? —preguntó.
—He aquà —repuse— que he llegado a lo que he comparado con la tercera oleada; pero aun cuando hubiese de verme agobiado y como sumergido en el ridÃculo, voy a hablar; escúchame.
—Habla —dijo.
—Como los filósofos no gobiernen los Estados —dije—, o como los que hoy se llaman reyes y soberanos no sean verdadera y seriamente filósofos, de suerte que la autoridad pública y la filosofÃa se encuentren juntas en el mismo sujeto, y como no se excluyan absolutamente del gobierno tantas personas que aspiran hoy a uno de estos dos términos con exclusión del otro; como todo esto no se verifique, mi querido Glaucón, no hay remedio posible para los males que arruinan los Estados ni para los del género humano; ni este Estado perfecto, cuyo plan hemos trazado, aparecerá jamás sobre la tierra, ni verá la luz del dÃa. He aquà lo que ha mucho dudaba si deberÃa decir, porque preveÃa que la opinión pública se sublevarÃa contra semejante pensamiento, porque es difÃcil concebir que la felicidad pública y la privada sólo puedan realizarse en un Estado asÃ.