La República
La República —Adimanto, ¿crees que los que hablan de esta manera no dicen la verdad? —dije yo al oÃrle.
—Yo no lo sé; pero tendré gusto en oÃr tu opinión —contestó.
—Pues bien; mi opinión es que dicen verdad.
—Si es asÃ, ¿en qué has podido fundarte para decir antes que no hay remedio para los males que arruinan los Estados mientras no sean gobernados por esos mismos filósofos, que tú reconoces que son inútiles?
—Me haces una pregunta —dije— a la que no puedo responder sin valerme de una comparación.
—Pues no es, sin embargo, tu costumbre, a mi parecer, emplear comparaciones en tus discursos —exclamó.[2]