La República
La República —Se sigue de aquà que es difÃcil que la mejor profesión se vea honrada por los que siguen un camino del todo opuesto. Pero las mayores y más fuertes calumnias que a la filosofÃa se han inferido son debidas a esos que dicen practicarla. A ellos se refiere tu acusador de la filosofÃa al decir que la mayor parte de los que la cultivan son hombres perversos, y que los mejores de ellos son, cuando menos, inútiles; acusación que tú y yo hemos tenido por fundada. Di, ¿no es asÃ?
—SÃ.
V.—¿No acabamos de ver la razón de la inutilidad de los buenos?
—En efecto.
—¿Quieres que indaguemos ahora la causa inevitable de la perversidad de la mayorÃa de los filósofos, y que nos esforcemos en demostrar, si es posible, que no es la filosofÃa sobre la que ha de recaer la falta?
—Por supuesto que sÃ.
—Sigamos, pues, dialogando, pero no sin antes recordar lo que dio origen a esta digresión, es decir, cuáles son las cualidades necesarias para llegar a ser un hombre de bien. La primera y principal es, como recordarás, la verdad, que debe buscarse en todo y por todo, siendo la verdadera filosofÃa absolutamente incompatible con el espÃritu de mentira.
—Eso es lo mismo que dijiste.