La República
La República —Te suplico que observes cuán corto será su número, porque raras veces sucede que las cualidades que en nuestra opinión deben entrar en el carácter del filósofo se encuentren reunidas en un solo hombre, porque por lo ordinario se reparten entre muchos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—No ignoras que los que tienen facilidad de aprender y retener y que están dotados de un espÃritu sagaz, vivo y dotado de otras cualidades semejantes no unen comúnmente a ello una nobleza y grandeza de ánimo que los predisponga al orden, la calma y la constancia; sino que dejándose llevar adonde les arrastra su vivacidad, no tienen en sà mismos nada estable, seguro y fijo.
—Tienes razón —dijo.
—Por lo contrario, los hombres de un carácter consistente, que no muda, con el que puede contarse siempre, y que en la guerra se manifiestan impasibles en medio de los mayores peligros, son por esto mismo poco a propósito para las ciencias. De espÃritu tardo, poco sensible y embotado, por decirlo asÃ, bostezan y se duermen tan pronto como intentan dedicarse a algún estudio serio.
—Es cierto —dijo.
—Sin embargo, hemos dicho que nuestros magistrados debÃan tener ambos tipos de cualidades, y que sin ello no habÃa para qué cuidarse de su educación, ni elevarlos a los honores y a las primeras dignidades.[11]