La República
La República —También yo me darÃa por contento, compañero —dije—, pero temo que semejante cuestión sea superior a mis fuerzas, y que por el empeño de querer daros gusto, vaya a exponerme a vuestras burlas. Creedme, mis queridos amigos; dejemos por esta vez la indagación del bien tal como es en sà mismo, porque nos llevarÃa muy lejos y serÃa muy penoso para mà explicaros su naturaleza tal como yo la concibo, siguiendo el camino que hemos traÃdo. Y en su lugar, si os parece, conversaremos sobre una especie de hijo del bien, que es la representación exacta del bien mismo; y si no os agrada, pasaremos a otro asunto.
—No. Háblanos del hijo, y en otra ocasión nos hablarás del padre. Esta deuda la reclamaremos a su tiempo —dijo.
—Bien quisiera —dije— pagaros principal y réditos en lugar de ofreceros sólo el simple interés[12] de la deuda que hoy os ofrezco. Sin embargo, aceptad este interés, este hijo del bien, y cuidad de que no os engañe, sin quererlo, pagándoos en moneda falsa.
—Procuraremos poner todo el cuidado que nos sea posible; pero explÃcate ya —dijo.
—Sà —contesté— pero después de haberos recordado lo que hemos dicho precedentemente en muchos pasajes, y de haceros convenir en ello.[13]
—¿De qué se trata? —preguntó.