La República
La República —Es evidente que llegarÃa, después de aquéllas, a hacer todas estas reflexiones —dijo.
—Y ¿qué? Si en aquel acto recordaba su primera estancia, la idea que allà se tiene de la sabidurÃa y a sus compañeros de esclavitud, ¿no se regocijarÃa de su mudanza y no se compadecerÃa de la desgracia de aquéllos?
—Efectivamente.
—¿Crees que envidiarÃa aún los honores, las alabanzas y las recompensas que allÃ, supuestamente, se dieran al que más pronto reconociera las sombras a su paso, al que con más seguridad recordara el orden en que marchaban yendo unas delante y detrás de otras o juntas, y que en este concepto fuera el más hábil para adivinar su aparición; o que tendrÃa envidia a los que eran en esta prisión más poderosos y más honrados? ¿No preferirÃa, como Aquiles en Homero,[1] «trabajar la tierra al servicio de un pobre labrador» y sufrirlo todo antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
—No dudo que estarÃa dispuesto a sufrir cualquier destino antes que vivir de esa suerte —dijo.
—Fija tu atención en lo que voy a decirte —segu×. Si este hombre volviera de nuevo a su prisión para ocupar su antiguo puesto, al dejar de forma repentina la luz del sol, ¿no se le llenarÃan los ojos de tinieblas?
—Ciertamente —dijo.