La República
La República II.—Recuerda ahora el retrato que hemos hecho del hombre democrático.[1] Dijimos que habÃa sido educado en su juventud por un padre tacaño, que sólo estimaba la pasión por el dinero, cuidando poco de satisfacer los deseos superfluos, cuyo objeto no es otro que el lujo y los placeres; ¿no es asÃ?
—SÃ.
—Que encontrándose después en relación con gentes frÃvolas y entregadas a esos placeres superfluos de que acabo de hablar, sentÃa aversión por las lecciones de su padre y se entregaba a la embriaguez y al libertinaje; que, sin embargo, como su Ãndole era mejor que la de sus corruptores, viéndose atraÃdo en dos direcciones opuestas, tomaba un término medio entre la de sus corruptores y la de su padre; que, proponiéndose seguir ya una, ya otra, con moderación, creÃa observar un género de vida igualmente lejano, a su juicio, de una sumisión servil y del desorden que no conoce ley, y que, de esta manera, de oligárquico que era se convertÃa en democrático.
—Es cierto. Tal es la idea que nosotros nos hemos formado de él —dijo.
—Supón ahora —dije— que este hombre, ya anciano, tiene un hijo educado en las mismas costumbres.
—Lo supongo.