La República
La República V.—Sígueme, pues, y recordando la semejanza que existe entre el Estado y el individuo, considera el uno después del otro, y dime cuál debe ser la situación de ambos.
—¿Qué situación? —preguntó.
—Comenzando por el Estado, dime: un Estado sometido a un tirano, ¿es libre o esclavo? —inquirí.
—Digo que es todo lo esclavo que se puede ser —replicó.— Sin embargo, en semejante Estado, ¿ves personas que son dueñas de lo que tienen y libres en sus acciones?
—Sí; las veo, pero en muy corto número —dijo—, pues a decir verdad, la mayor y más sana parte de los ciudadanos se ve reducida a la más dura y vergonzosa esclavitud.
—Luego si con el individuo pasa lo mismo que con el Estado —dije—, ¿no es una necesidad que se verifiquen en él las mismas cosas, que su alma gima en una servidumbre baja y vergonzosa, que la parte más excelente de esta alma esté sometida a los caprichos de la parte más despreciable, más depravada y más furiosa?
—Así debe suceder —dijo.
—¿Qué dirás de un alma que se halla en este estado? ¿Es libre o esclava?
—Esclava, sin duda.
—Pero un Estado esclavo y dominado por un tirano no hace lo que quiere.