La República
La República —¿Cómo?
—Sucede con un tirano lo que con esos particulares ricos que tienen muchos esclavos; porque tienen de común con él que mandan a muchos; la diferencia está sólo en el número.
—En eso difieren, en efecto.
—Ya sabes que estos particulares viven tranquilos, no temen nada de parte de sus esclavos.
—Pues ¿qué han de temer?
—Nada; pero ¿sabes la razón? —dije.
—SÃ; es porque todo el Estado cuida de la seguridad de cada ciudadano.
—Muy bien —asent×. Pero si algún dios, arrancando del seno de esta sociedad a uno de estos hombres que tienen a su servicio cincuenta esclavos o más, con su mujer, sus hijos y domésticos, le transportara con su casa y bienes a un desierto, donde no pudiera esperar auxilio de ningún hombre libre, ¿no estarÃa continuamente temiendo que iban a perecer a manos de sus esclavos él, su mujer y sus hijos?
—EstarÃa aterrado —dijo.
—Se verÃa precisado a agasajar a algunos de entre ellos, a ganarlos a fuerza de promesas, y a darles libertad, aunque no la mereciesen; en una palabra, a convertirse en adulador de sus esclavos.
—TendrÃa que hacer eso o perecer —dijo.