La República
La República —Y asà en realidad, y cualesquiera que sean las apariencias, el tirano no es más que un esclavo, esclavo sometido a las más dura y baja servidumbre, y el adulador de lo más abyecto de la sociedad. Jamás podrá satisfacer por completo sus deseos, porque lo que le falta excede a lo que posee; y el que pudiera penetrar en el fondo de su alma encontrarÃa que es verdaderamente pobre, y vive siempre sobresaltado, y siempre presa de dolores y angustias: tal es su situación, si es cierto que es parecida a la del Estado de que él es dueño; y se parece, en efecto, o ¿no lo crees asÃ?
—Y mucho —dijo.
—A tantas miserias añadamos sobre todo lo que ya hemos dicho; que de dÃa en dÃa, y en razón del rango que ocupa, se hace necesariamente más envidioso, más pérfido, más injusto, más falto de amigos, más impÃo, más dispuesto a recibir y alimentar en su corazón todos los vicios, siguiéndose de aquà que es el más desgraciado de los hombres, y que comunica su desgracia a los mismos que le rodean.
—Ningún hombre de buen sentido te puede contradecir en este punto —contestó.
—RevÃstete ahora, pues —dije yo—, con el carácter de juez último y dictamina quiénes de entre los cinco caracteres, el real, el timocrático, el oligárquico, el democrático y el tiránico, son más dichosos y quiénes lo son menos.