La República
La República IV.—Asà se cuenta, efectivamente. Pero ¿crees, Glaucón —dije yo—, que si Homero hubiera estado en situación de instruir a los hombres y de hacerles mejores; si hubiera tenido un perfecto conocimiento de las cosas que sólo sabÃa imitar; crees, digo, que no se hubiera atraÃdo un gran número de personas que le habrÃan honrado y querido? ¡Qué! Protágoras de Abdera, Pródico de Ceos y tantos otros tuvieron toda la influencia necesaria sobre el espÃritu de sus contemporáneos para convencerles en conversaciones particulares de que jamás serÃan capaces de gobernar su patria, ni su familia, si no se hacÃan sus discÃpulos; son queridos y respetados por su saber, hasta el punto de marchar, por decirlo asÃ, en triunfo por los puntos por donde pasan; en cambio, ¿los que vivÃan en tiempo de Homero y HesÃodo habrÃan permitido a estos poetas andar solos de ciudad en ciudad, recitando sus versos, si hubieran podido sacar de ellos saludables lecciones de virtud? ¿No se habrÃan sentido atraÃdos hacia ellos más que hacia todo el oro del mundo? ¿No hubieran hecho los mayores esfuerzos por retenerlos cerca de sà y, caso de no conseguirlo, no les habrÃan seguido a todas partes hasta haber logrado una educación conveniente?
—Lo que dices, Sócrates, me parece completamente cierto —asintió.