La República
La República —Escucha, y luego juzga. Sabes que hasta los más razonables, cuando oÃmos recitar pasajes de Homero o de cualquier otro poeta trágico, en que se representa a un héroe angustiado, deplorando su suerte en un largo discurso, prorrumpiendo en gritos y dándose golpes de pecho, sabes, repito, que en aquel acto percibimos un vivo placer, del que nos dejamos llevar insensiblemente, y alabamos el talento del poeta que nos transporta con más fuerza a ese estado.
—Lo sé; y ¿cómo no?
—Sin embargo, has podido observar que en nuestras propias desgracias presumimos de lo contrario, de mantenernos firmes y tranquilos, cual conviene a la condición del hombre, abandonando a las mujeres esas mismas lamentaciones que acabamos de aplaudir.
—SÃ, lo he observado —dijo.
—Pero ¿acaso está bien —prosegu× aprobar con entusiasmo en otro una condición que no consentirÃamos en nosotros mismos, avergonzándonos del parecido, y no sentir repugnancia, sino gozarla y celebrarla?
—En verdad, no es razonable, por Zeus —dijo.
—Sobre todo si miramos la cosa como debe mirarse —dije.
—¿Cómo?