La República
La República —Para mà lo es; pero escucharÃa de ti con gusto un punto que crees tan fácil.
—Escucha, pues —dije.
—Habla, sin más —dijo.
—¿Hay algo a lo que llamas bien y mal?
—SÃ.
—¿Tienes de lo uno y de lo otro la misma idea que yo?
—¿Qué idea?
—¿Que el mal es todo principio de corrupción y de disolución; y el bien, todo principio de conservación y de mejoramiento?
—Eso creo —dijo.
—¿Y qué? ¿No admites que tiene cada cosa su mal y su bien? La oftalmÃa, por ejemplo, es el mal de los ojos; la enfermedad, el mal de todo el cuerpo; el tizón es el mal del trigo; la podredumbre, el de la madera; el orÃn, el del hierro y el bronce; en una palabra, hay para cada cosa un mal y una enfermedad connaturales; ¿no admites esto conmigo?
—Asà es —dijo.
—Este mal, ¿no daña a la cosa a que afecta? ¿No concluye por disolverla y destruirla totalmente?
—¿Cómo no?