La República
La República Veamos la tercera victoria, «verdaderamente olímpica; que consiste en que, a excepción de los placeres del sabio, los de los otros no son ni placeres verdaderos ni placeres puros, sino que, por el contrario, no son más que fantasmas de placer». En efecto, lo que se llama placer no es otra cosa que una negación del dolor pasado, como lo que se llama dolor no es más que una negación del placer que ha desaparecido. Son dos movimientos del alma, que cuando no obedece ni al uno ni al otro, no sabe si experimenta placer o pena, o más bien cree experimentar placer y pena a la vez. Ahora bien, lo que no es lo uno ni lo otro, lo que no es más que una negación, no puede ser lo uno o lo otro, ni lo uno y lo otro a la vez; luego el placer no es nada real en sí, es una ilusión. Pero es preciso establecer la diferencia entre los placeres del alma y los del cuerpo. Los últimos no tienen ninguna realidad en sí, porque los objetos materiales, que los proporcionan, no la tienen ellos mismos; y los placeres no son puros, porque sus objetos no lo son. Los placeres del alma, que nacen del conocimiento, es decir, de la verdad, se refieren, por el contrario, a los únicos objetos reales, a las esencias de las cosas eternas, inmutables, y a ellas deben su realidad propia y su pureza. Por consiguiente, el justo, el verdadero filósofo, tiene sobre los demás hombres el privilegio inestimable de beber, por decirlo así, su felicidad en la fuente misma que puede procurar los únicos y verdaderos placeres.