Las leyes

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ATENIENSE. —Me alegro de ello. Esta dirección de los sentimientos de placer y dolor hacia el orden, que constituye la educación, se relaja en seguida y se corrompe en muchos puntos en todo el curso de la vida. Pero los dioses, movidos a compasión por el género humano, condenado por su naturaleza al trabajo, nos han proporcionado intervalos de reposo en la sucesión regular de las fiestas instituidas en su honor, y han querido, que las Musas, Apolo su jefe, y Baco las celebrasen de concierto con nosotros, a fin de que con su auxilio pudiésemos reparar en estas fiestas las pérdidas de nuestra educación. Veamos, pues, si lo que yo pretendo es verdadero y conforme con la naturaleza. Digo, que no hay casi animal alguno que, cuando joven, pueda mantener su cuerpo o su lengua tranquilos y que no haga sin cesar esfuerzos para moverse y gritar. Y así se ve a unos saltar y brincar, como si yo no sé qué impresión de placer los arrastrase a bailar y retozar, mientras que otros hacen resonar el aire con mil gritos diferentes. Pero ningún animal tiene el sentimiento del orden y del desorden, de que es susceptible el movimiento y a que nosotros llamamos medida y armonía, mientras que estas mismas divinidades, que presiden a nuestras fiestas, nos han dado el sentimiento de esta medida y de esta armonía con el del placer. Este sentimiento arregla nuestros movimientos bajo la dirección de estos dioses, y nos enseña a formar unos con otros una especie de cadena mediante la unión de nuestros cantos y de nuestras danzas. De aquí el nombre de coro, derivado naturalmente de la palabra que significa alegría[1]. ¿Os satisface este razonamiento y convenís en que recibimos de Apolo y de las Musas nuestra primera educación?


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