Las leyes
Las leyes ATENIENSE. —Consideremos, mi querido Clinias, que este es precisamente el inconveniente a que están expuestos tu gobierno y tu nueva ciudad. ¿Ves, en efecto, que para merecer uno ser elevado a los cargos públicos, es preciso, por lo pronto, que dé cuenta cumplida de su conducta, asà respecto de sà mismo, como de su familia, desde su juventud hasta el momento de la elección; y por otra parte, que los que hayan de verificar ésta, hayan recibido una educación conforme al espÃritu de las leyes, para estar en situación de hacer un deslinde acertado de los candidatos que merezcan ser admitidos o desechados. Y es posible que hombres reunidos repentinamente, que no se conocen unos a otros, y no educados aún, puedan conducirse en la elección de una manera irreprensible?
CLINIAS. —Eso no es posible.
ATENIENSE. —Sin embargo, ya no es posible retroceder. Es para ti y para mi cuestión de honra el salir de este mal paso; para ti, por la palabra que diste a los cretenses de trabajar con otros nueve en el establecimiento de la nueva colonia; y para mÃ, por la palabra que te he dado de auxiliarte en tu empresa en esta conversación. Y asÃ, en cuanto de mà dependa, no dejaré imperfecto nuestro trabajo, porque no tendrÃa ninguna gracia que se produjera con semejante imperfección.
CLINIAS. —Hablas muy bien, extranjero.