Menón
Menón SÓCRATES. —Por lo tanto, es evidente que no desean el mal, puesto que no lo conocen como mal; sino que desean lo que tienen por un bien, y que realmente es un mal. De suerte que los que ignoraban que una cosa es mala, y la creen buena, desean manifiestamente el bien. ¿No es así?
MENÓN. —Así parece.
SÓCRATES. —Pero los otros, que desean el mal, según tú dices, y que están persuadidos de que el mal daña a la persona en quien se encuentra, conocen sin duda que le será dañoso.
MENÓN. —Necesariamente.
SÓCRATES. —¿Y no crees que aquellos, a quienes daña, tienen derecho a quejarse, en razón de ese mismo daño que reciben?
MENÓN. —También.
SÓCRATES. —¿Y que en tanto que tienen motivo para quejarse, se los considera desgraciados?
MENÓN. —Así lo pienso.
SÓCRATES. —¿Pero hay alguno que quiera tener de qué quejarse y ser desgraciado?
MENÓN. —No lo creo, Sócrates.
SÓCRATES. —Entonces, si nadie quiere eso, es claro que nadie quiere el mal. En efecto, ser miserable ¿qué otra cosa es sino desear el mal y procurárselo?
MENÓN. —Parece que tienes razón, Sócrates; nadie quiere el mal.