Menón
Menón SÓCRATES. —Tienes razón. Ahora puedes deliberar conmigo sobre el objeto que desea aclarar tu huésped Menón. Hace largo tiempo, Ánito, que descubro en él un gran deseo de adquirir esta sabiduría y esta virtud, mediante la que los hombres gobiernan bien su familia y su patria; prestan a sus padres los cuidados a los que son acreedores, y saben recibir y despedir a los ciudadanos y a los extranjeros de una manera digna de un hombre de bien. Dime ahora a quién es conveniente enviarle, para que aprenda esta virtud. ¿No es evidente que, conforme a lo que dijimos antes, debe enviársele a casa de aquellos, que hacen profesión de enseñar la virtud, y que se prestan públicamente a ser maestros de todos los griegos que quieran aprender; fijando para esto un salario que exigen de sus discípulos?
ÁNITO. —¿Y quiénes son esos maestros, Sócrates?
SÓCRATES. —Tú sabes, como yo, sin duda, que son los que se llaman sofistas.
ÁNITO. —¡Por Heracles! Habla mejor, Sócrates. Yo espero que ninguno de mis parientes, ni de mis aliados, ni de mis amigos, conciudadanos o extranjeros, será tan insensato que vaya a perderse al lado de tales gentes. Son manifiestamente una peste y un azote para todos los que con ellos tratan.