El escarabajo de oro
El escarabajo de oro
Encendimos las linternas y nos entregamos a nuestra tarea con un celo digno de una causa más racional; y como la luz caÃa sobre nuestras personas y herramientas, no pude impedirme pensar en el grupo pintoresco que formábamos, y en que si algún intruso hubiese aparecido, por casualidad, en medio de nosotros, habrÃa creÃdo que realizábamos una labor muy extraña y sospechosa. Cavamos con firmeza durante dos horas. OÃanse pocas palabras, y nuestra molestia principal la causaban los ladridos del perro, que sentÃa un interés excesivo por nuestros trabajos. A la larga se puso tan alborotado, que temimos diese la alarma a algunos merodeadores de las cercanÃas, o más bien era el gran temor de Legrand, pues, por mi parte, me habrÃa regocijado cualquier interrupción que me hubiera permitido hacer volver al vagabundo a su casa. Finalmente, fue acallado el alboroto por Júpiter, quien, lanzándose fuera del hoyo con un aire resuelto y furioso embozaló el hocico del animal con uno de sus tirantes y luego volvió a su tarea con una risita ahogada.