El escarabajo de oro
El escarabajo de oro Poco después de la caÃda de la tarde llegaron y me dispensaron una acogida muy cordial. Júpiter, riendo de oreja a oreja, bullÃa preparando unos patos silvestres para la cena. Legrand se hallaba en uno de sus ataques—¿con qué otro término podrÃa llamarse aquello?—de entusiasmo. HabÃa encontrado un bivalvo desconocido que formaba un nuevo género, y, más aún, habÃa cazado y cogido un escarabajo que creÃa totalmente nuevo, pero respecto al cual deseaba conocer mi opinión a la mañana siguiente.
—¿Y por qué no esta noche?—pregunté, frotando mis manos ante el fuego y enviando al diablo toda la especie de los escarabajos.
—¡Ah, si hubiera yo sabido que estaba usted aquÃ! —dijo Legrand—. Pero hace mucho tiempo que no le habÃa visto, y ¿cómo iba yo a adivinar que iba usted a visitarme precisamente esta noche? Cuando volvÃa a casa, me encontré al teniente G***, del fuerte, y sin más ni más, le he dejado el escarabajo: asà que le será a usted imposible verle hasta mañana. Quédese aquà esta noche, y mandaré a Júpiter allà abajo al amanecer. ¡Es la cosa más encantadora de la creación!
—¿El qué? ¿El amanecer?
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