El Gato Negro
El Gato Negro Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venÃa por la casa; pero, como debà suponerlo, en cuanto veÃa que me aproximaba a él, huÃa aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatÃa en una criatura que tanto me habÃa amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caÃda final e irrevocable, brotó entonces el espÃritu de perversidad, espÃritu del que la filosofÃa no se cuida ni poco ni mucho.
No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre… ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabÃa que no debÃa cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?