Eureka
Eureka Los buenos lectores de este poema cosmogónico son aquellos que aceptan, en un plano poético, el vertiginoso itinerario intuitivo e intelectual que Poe les propone, y asumen por un momento ese punto de vista divino desde el cual él pretendió mirar y medir la creación. Nuestro tiempo tiene pocos poetas cosmogónicos; la poesía es siempre cosa sublunar. Es raro y vivificante descubrir esa actitud en uno que otro poeta, y la experiencia de leer al primer Jules Laforgue, por ejemplo, como la de leer Eureka, devuelve por un momento el espíritu a su verdadera situación en el cosmos, de la cual los hábitos mentales lo arrancan continuamente. Cuando Poe, en el pasaje quizá más hermoso de Eureka, nos coloca dentro de la inmensa Y mayúscula de la Vía Láctea, y nos muestra que el cielo que vemos más o menos estrellado depende solamente de que en un caso estamos mirando a lo largo de la Y, y en el otro miramos a través de ella, se tiene por un instante un vértigo de infinitud, porque junto con él estamos mirando con ojos más que humanos, con ojos abiertos en el límite de una tensión poética y mental al borde de la ruptura. Sólo así hay que leer Eureka, recordando que él lo dedicó «a aquellos que sienten, más que a los que piensan», y lo mostró como un producto de arte.