Eureka

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De paso, mi querido amigo, ¿no es una prueba de la esclavitud mental, impuesta a esas gentes fanáticas por sus Hogs y sus Rams[6], el que a pesar de la eterna charla de sus sabios acerca de los caminos de la verdad ninguno de ellos hubiera dado, aunque fuese por casualidad, con el que ahora vemos tan claramente como el más ancho, el más recto y el más transitable de todos los simples caminos, con la gran avenida, la majestuosa vía real de lo consistente? ¿No es asombroso que no hayan sabido deducir de las obras de Dios la consideración de vital importancia de que una perfecta consistencia no puede ser sino una verdad absoluta? ¡Cuán fácil, cuán rápido nuestro progreso desde el reciente advenimiento de esta proposición! Gracias a ella la especulación salió de manos de los topos y fue entregada como un deber, más que como una tarea, a los verdaderos pensadores, los únicos verdaderos, a los hombres de cultura general y ardiente imaginación. Estos últimos, nuestros Keplers, nuestros Laplaces, ‘especulan’, ‘teorizan’ —éstos son los términos—; ¿se imagina usted la risa de desdén con que serían recibidos por nuestros progenitores si les fuera posible mirar sobre mi hombro mientras escribo? Los Keplers, repito, especulan, teorizan, y sus teorías van siendo corregidas, reducidas, cribadas, clarificadas poco a poco de sus residuos de inconsistencia, hasta que, por fin, aparece la consistencia manifiesta y saneada, una consistencia que para el más estólido —por ser consistencia— es una verdad absoluta e indiscutible.


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