La Caja oblonga
La Caja oblonga Pensando en estas frases de mi amigo me sentà perplejo más allá de toda descripción. ¿PodÃa ser que estuviera perdiendo la razón? ¿Qué otra cosa podÃa pensar? El, tan refinado, tan intelectual, tan exquisito, con una percepción finÃsima de todo lo imperfecto, con tan aguda apreciación de la belleza. A decir verdad, la dama parecÃa muy enamorada de él -especialmente en su ausencia -, y se ponÃa en ridÃculo al citar repetidamente lo que habÃa dicho «su adorado esposo, el señor Wyatt». La palabra «esposo» parecÃa siempre -para usar una de sus delicadas expresiones - «en la punta de su lengua». Pero entretanto todos advirtieron que él la evitaba de la manera más evidente y que preferÃa encerrarse solo en su camarote, donde bien podÃa decirse que vivÃa, dejando plena libertad a su esposa para que se divirtiera a gusto en las reuniones del salón.
De lo que habÃa visto y oÃdo extraje la conclusión de que el artista, movido por algún inexplicable capricho del destino, o presa quizá de un acceso de pasión tan entusiasta como fantástico, se habÃa unido a una persona por completo inferior a él, y que no habÃa tardado en sucumbir a la consecuencia natural, o sea a la más viva repugnancia. Me apiadé de él desde lo más profundo de mi corazón, pero no por ello pude perdonarle el secreto que habÃa mantenido sobre el embarque de Lee última cena.
Continué, pues, resuelto a saborear mi venganza.