La Carta robada
La Carta robada —No, eso hubiera sido injurioso. D., en Viena, me hizo una mala jugada y yo le dije, con todo buen humor, que no la olvidarÃa. Pensé que le interesarÃa conocer la identidad de la persona que lo habÃa derrotado; le dejé un indicio. D. conoce mi letra; me limité a escribir, en medio de la página, estas palabras:
—Un dessein si funeste,
S’il n’est digne d’Atrée, es digne de Thyeste.
Pertenecen a la Atrea, de Crébillon.
