La Carta robada
La Carta robada —Ésa es otra de sus ideas raras —dijo el Prefecto, que llamaba raro a todo lo que no comprendÃa, y vivÃa, por consiguiente, entre una legión de rarezas.
—Es la verdad —respondió Dupin, ofreciéndole un sillón y una pipa.
—¿Cuál es el problema? —interrogué—, ¿otro asesinato?
—No, nada de eso. El asunto es muy simple y no dudo que lo resolverán mis agentes; pero he pensado que a Dupin le gustarÃa oÃr los detalles. Son muy extraños.
—Extraños y simples —dijo Dupin.
—Y bien, sÃ. El problema es simple, y sin embargo nos desconcierta.
—Quizá es precisamente la simplicidad lo que los desconcierta.
—¡Qué desatinos dice usted! —exclamó el Prefecto, riendo efusivamente.
—Quizá el misterio es demasiado simple —dijo Dupin.
—Y ¿cuál es, por fin, el misterio? —le pregunté.
—Se lo diré a ustedes —contestó el Prefecto—. Se lo diré en muy pocas palabras; pero antes de empezar, les advertiré que este asunto exige la mayor reserva y que perderÃa mi puesto si llegara a saberse que lo he divulgado.
—Prosiga —dije.
