La Carta robada
La Carta robada —Desde luego —dijo el Prefecto—. Ha sido atacado dos veces por salteadores falsos, y rigurosamente registrado bajo mi vista.
—Usted podÃa haberse ahorrado ese trabajo —dijo Dupin—. Presumo que D. no es un insensato. Tiene que haber previsto esa táctica.
—No será un insensato —dijo el Prefecto—. Pero es un poeta, lo que no es muy distinto.
—Cierto —dijo Dupin—, aunque yo mismo haya cometido algunas rimas.
—Refiéranos los detalles de la investigación —propuse yo.
—He aquà los hechos: tomábamos nuestro tiempo y buscábamos por todas partes. Tengo mucha experiencia en estos asuntos. Recorrimos el edificio, cuarto por cuarto, dedicando una noche entera a cada uno. Examinábamos primero los muebles. AbrÃamos todos los cajones. Supongo que usted sabe que para nosotros no hay cajones secretos. Sólo un imbécil puede no descubrir un cajón secreto. El asunto es muy simple. Cada escritorio tiene una capacidad determinada, fácil de calcular. Hay normas muy precisas. No se nos escapa una lÃnea. Después, tomamos las sillas. Investigamos los almohadones con esas largas agujas que ustedes me han visto emplear. Desarmábamos las mesas.
—¿Por qué?