Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym El jefe cumplió su palabra, y pronto nos vimos abundantemente avituallados de alimentos frescos. Las tortugas eran sabrosísimas y los patos superaban nuestras mejores especies de patos silvestres, pues eran sumamente tiernos, jugosos y de fino sabor. Aparte de esto, y luego que hubieron comprendido nuestros deseos, los salvajes nos trajeron gran cantidad de apio y de codearía, así como una canoa llena de pescado fresco y algo de pescado seco. El apio nos resultó una golosina, y la codearía o hierba del escorbuto sirvió para mejorar muchísimo a aquellos de nuestros hombres que habían manifestado síntomas de la enfermedad. En muy poco tiempo la lista de enfermos quedó en blanco. Disponíamos asimismo de muchas otras provisiones frescas, entre las que cabe mencionar una especie de mariscos que se parecían a los mejillones por la forma, pero en cambio sabían a ostras. Abundaban asimismo los camarones y langostinos, así como huevos de albatros y de otras aves. Embarcamos igualmente gran cantidad de carne del cerdo que he descrito antes. Muchos marineros la encontraban excelente, pero a mí me parecía viscosa y sumamente desagradable.