Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Augustus me informó de los detalles más importantes de estos sucesos mientras se hallaba a mi lado junto al cajón. Sólo más tarde me enteré de todo el resto. Mi amigo temía que lo descubrieran, y yo me desesperaba por abandonar aquel detestable lugar de encierro. Decidimos abrimos paso inmediatamente hasta el agujero del mamparo, cerca del cual habría de quedarme mientras Augustus tanteaba la situación del otro lado. Ninguno de los dos podíamos soportar la idea de dejar a Tigre encerrado en el cajón, pero no veíamos qué otra cosa podía hacerse. El animal parecía hallarse tranquilo, y aplicando el oído a las tablas no alcanzábamos a distinguir siquiera el ruido de su respiración. Me convencí de que había muerto, y decidí abrir el cajón. Lo encontramos tendido a lo largo, aparentemente aletargado, pero aún vivo. No había tiempo que perder y, sin embargo, no podía decidirme a abandonar a un animal que por dos veces me había salvado la vida, sin tratar por lo menos de ayudarlo. Lo arrastramos, por tanto, con nosotros, con las mayores dificultades y fatigas; cada vez que encontrábamos un obstáculo que franquear, Augustus se veía precisado a encaramarse llevando en brazos al pesado perro, pues la debilidad en que me encontraba me lo impedía por completo. Conseguimos finalmente alcanzar el agujero, por el cual pasó Augustus arrastrando consigo a Tigre. Todo estaba tranquilo, y no dejamos de dar gracias a Dios por haber escapado de peligros tan inminentes. Quedó convenido que yo me mantendría cerca del agujero, a través del cual mi compañero podría pasarme fácilmente una parte de sus provisiones diarias, y donde gozaría de una atmósfera relativamente pura.
