Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias En un momento, la estancia habÃa convertido su forma en la de un rombo. Peto la transformación no se detuvo aquÃ. No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. «¡La muerte! —me dije—. ¡Cualquier muerte, menos la del pozo!». ¡Insensato! ¿Cómo no pude comprender que el pozo era necesario, que aquel pozo único era la razón del hierro candente que me sitiaba? ¿ResistirÃa yo su calor? Y, aún suponiendo que pudiera resistirlo, ¿podrÃa sostenerme contra su presión?
El rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Su centro, colocado sobre la lÃnea de mayor anchura, coincidÃa precisamente con el abismo abierto. Intenté retroceder, pero los muros, al unirse, me empujaban con una fuerza irresistible.
Llegó, por último, un momento en que mi cuerpo, quemado y retorcido, apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonÃa de mi alma se exteriorizó en un inerte y prolongado grito de desesperación. Me di cuenta de que vacilaba sobre el brocal, y volvà los ojos…