Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Largamente —largamente le× y devotamente, devotamente contemplé. Rápida y magnÃficamente pasaron las horas, y llegó la plena medianoche. La posición del candelabro me desplacÃa, y alargando mi mano con dificultad, por no despertar a mi adormecido asistente, lo coloqué de manera que sus rayos cayesen más de lleno sobre el libro.
Pero aquella acción produjo un efecto completamente inesperado. Los rayos de las numerosas bujÃas (porque habÃa muchas) caÃan ahora dentro de un nicho de la habitación el cual, hasta entonces, habÃa sido dejado en profunda oscuridad por uno de los postes de la cama. Y por ello pude ver vivamente iluminado un retrato que me habÃa pasado completamente inadvertido. Era el retrato de una niña que apenas comenzaba a ser mujer. Miré precipitadamente aquella pintura, y acto seguido cerré los ojos. ¿Por qué hice aquello? No fue claro al primer pronto ni para mi propia percepción. Pero mientras mis párpados quedaban cerrados de aquella manera, recorrà en mi espÃritu los motivos que habÃa tenido para cerrarlos. HabÃa sido un movimiento impulsivo para ganar tiempo de pensar —para asegurarme de que mi visión no me habÃa engañado— para calmar y dominar mi fantasÃa y dedicarme a una contemplación más juiciosa y verÃdica. Al cabo de muy pocos momentos, miré otra vez fijamente a la pintura.