Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias El retrato, ya lo he dicho, era el de una joven. Se reducÃa a la cabeza y hombros hecho a la manera que técnicamente suele llamarse de viñeta tenÃa mucho del estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el pecho y hasta los contornos de los radiosos cabellos, se fundÃan imperceptiblemente en la vaga, pero profunda sombra que formaba el fondo de aquel conjunto. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en arabesco. Como obra de arte, nada podÃa ser más admirable que aquella pintura por sà misma. Pero no podÃa haber sido ni la factura de la obra ni la inmortal belleza de aquel semblante, lo que tan súbitamente y con tal vehemencia entonces me habÃa conmovido, y mucho menos podÃa haber sido que mi fantasÃa sacudida de su casi adormecimiento, hubiera tomado aquella cabeza por la de una persona viva. Comprendà en seguida que las particularidades del dibujo, del aviñetado, y del marco hubieran instantáneamente disipado semejante idea —me hubieran evitado hasta una momentánea distracción. Meditando seriamente acerca de todo aquello, permanecÃ, tal vez durante una hora, medio sentado, medio reclinado, con la vista clavada en aquel retrato. Finalmente, satisfecho de haber acertado el verdadero secreto del efecto que producÃa, me eché completamente de espaldas en la cama. HabÃa hallado que el hechizo de aquella pintura consistÃa en una absoluta semejanza con la vida en su expresión, que primero me sobrecogió y finalmente me desconcertó, me avasalló y me anonadó. Con profundo y respetuoso temor volvà a colocar el candelabro en su posición primera. Una vez quedó apartada de mi vista la causa de mi profunda agitación, escudriñé ansiosamente el volumen que trataba de aquellas pinturas y de sus historias. Volvà las hojas hasta encontrar el número que designaba el retrato oval, y allà leà las imprecisas y primorosas palabras que siguen: