Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Durante la terrible epidemia de cólera en Nueva York, había yo aceptado la invitación de un pariente para pasar dos semanas con él en el retiro de su cottage ornee a orillas del Hudson, Teníamos allí, en torno nuestro, todos los recursos ordinarios de las diversiones veraniegas, y vagando por los bosques, tomando apuntes, paseando en bote, pescando, bañándonos y dedicando algunas horas a la música o a la lectura, hubiéramos podido pasar el tiempo bastante entretenidos, sin las pavorosas noticias que, cada mañana, nos llegaban de la populosa urbe. No pasaba un día que no nos trajese la noticia del fallecimiento de algún amigo. Entonces, como la mortandad aumentaba, siempre esperábamos enterarnos, diariamente, de la pérdida de algún ser querido. Y, al final, temblábamos al acercarse cualquier mensajero. El propio aire del Sur nos parecía oler a muerte. Aquel pensamiento sobrecogedor se adueñaba, en verdad, de mi alma por entero. No podía yo hablar, pensar ni soñar en ninguna otra cosa. Era mi anfitrión de un temperamento menos excitable, y aunque con el ánimo muy deprimido, se esforzaba por reanimarme. Su inteligencia, animadora de una gran filosofía, no estaba afectada nunca por quimeras. Si bien bastante sensible a la influencia del terror, no le inquietaban sus sombras.
