Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Al recobrarme, mi primer impulso, naturalmente, fue comunicar a mi amigo lo que acababa de ver y de oír; pero un inexplicable sentimiento de repugnancia me impidió hacerlo entonces.
Por último, una noche, tres o cuatro días después del suceso, estábamos sentados juntos en la estancia desde la cual vi la aparición; ocupaba yo el mismo sitio ante la misma ventana, y él estaba tendido sobre un sofá cerca de mí. La asociación de lugar y de tiempo me impulsó a darle cuenta del fenómeno. Me escuchó hasta el final, no sin dejar de reírse al principio, y luego adoptó un gesto serio con exceso, como si mi locura estuviese fuera de toda sospecha. En aquel momento tuve de nuevo una clara visión del monstruo, el cual, con un estremecimiento de terror absoluto, señalé entonces a su atención. Miró él ávidamente, sosteniendo que no se veía nada, aunque señalara yo con toda minuciosidad la carrera del animal mientras se abría camino bajando por la superficie pelada de la montaña.
Sentíame ahora harto alarmado, pues consideraba aquella visión como un presagio de mi muerte, o peor aún, como el síntoma precursor de un ataque de locura. Me eché vivamente hacia atrás en mi silla, y durante unos minutos escondí mi cara entre las manos. Cuando descubrí mis ojos, no era ya visible la aparición.